ANDREA JEFTANOVIC

 

Translation/Traducción: Janet Hendrickson

 

ÁRBOL GENEALÓGICO

 

 

                 ¿Qué es lo prohibido?: «La sociedad no prohíbe

más que lo que ella misma suscita».

Lévi-Strauss

 

 

               No sé en qué momento me comenzaron a interesar las nalgas de los niños. Desde que los curas, los políticos, los empresarios fueron exhibiendo sus miradas huidizas en la pantalla de televisión, y los diarios de vida infantiles eran pruebas fidedignas en los tribunales de justicia. Nunca antes había sentido una palpitación por esos cuerpos incompletos, pero todo el tiempo con el bombardeado mediático de «las erosiones de cero punto siete centímetros en la zona baja del ano». O, en el periódico la frase «a los chicos reiteradamente abusados se les borran los pliegues del recto». La brigada de delitos sexuales alertando a la población sobre las conductas cambiantes en los niños y el examen periódico de sus genitales. El servicio médico legal ratificando las denuncias después de los peritajes físicos.

 

               Teresa, miraba de reojo esas noticias y se paraba incómoda. Llevábamos un casi un lustro viviendo solos desde que su madre se fue. Cuando eso ocurrió ella tenía nueve años. Quitó todas las fotos de ella y sin que yo le pidiera asumió el rol de dueña de casa. «Que falta esto, lo otro, ya hemos comido demasiada carne». Lo demás siguió igual: sus amigos, la escuela, sus gustos. Una chica estudiosa, tímida, que dibujaba árboles contemplando más allá de las montañas.

 

               Desde hace un tiempo Teresa espía mi mirada cansada, con un brillo especial. Se esmera en la comida y decidió que la persona que la cuidaba no se quedara más a dormir.

               ―¿Por qué diste esa orden? ―indagué molesto.

               ―Ya estoy grande, no necesito que nadie me vigile de noche.

               ―No estoy de acuerdo, a veces llego tarde.

               ―Me gusta estar sola ―respondió categórica.

               ―Puede ser peligroso.

               ―Hay un guardia en el pasaje y tenemos un perro.

               ―Está bien.

 

               Ahora cuando yo invitaba a alguna amiga a tomar un café, se encargaba de merodear y hacer ruidos extraños a través de los tabiques. Una vez le di un beso tímido a una compañera de trabajo en el sofá. Era una mujer fresca y dulce. Cuando estaba despegando mis labios de los de ella vi el ojo de mi hija en medio de una ranura de la pared. Era un ojo cíclope dominando con odio la escena. Contuve el grito e inventé una excusa para llevar de vuelta a mi invitada.

 

               Teresa se  maquillaba de modo exagerado. Si llegaba a casa de escolar cuando yo estaba ahí, corría por los pasillos a cambiarse de ropa. Aparecía arreglada en la sala de estar. No sé cuándo ni con quién aprendió a delinearse los ojos, a rellenar su boca con capas de lápiz labial hasta dejar sus labios entreabiertos. Su contextura infantil se veía algo grotesca en esa máscara de adulta. Pasaba por mi lado rozándome, se sentaba en mis rodillas cuando leía el diario y acomodaba sus caderas entre las mías. No sabía cómo manejar la situación, era una niña, era mi hija.

               ― ¿Qué quieres? ―le dije un día, molesto.

               ―Nada, verme bonita, bonita para ti.

               ―No me gusta que te pintes tanto.

               ―Como tú quieras ―caminó indiferente a su habitación.

               Esa noche regresé tarde, intentaba reavivar el romance con mi compañera de trabajo y salimos a beber algo. Había sido una linda noche. Algo mareado me senté en la cama y ahí estaba Teresa, con una camisa ligera, el pelo escarmenado, la cara limpia y perfumada.

               ―Te extrañaba.

               ―Sí, yo también, pero es tarde. Anda a tu pieza ―dije con la cabeza entre las manos.

               ―No puedo dormir.

               ―Sí puedes, lee un libro.

               ―No puedo.

               ―¿Qué es lo que pretendes?

               ―Dormir contigo.

               ―Las hijas no duermen con sus padres. Tienes tu cuarto, tu cama.

               ―No quiero estar sola.

               ―Está bien. Quédate por esta vez.

               Me arrimé a un borde de la cama, cuidando no rozarla. Le di la espalda y me quedé dormido. Al despertar giré y ahí estaban sus pupilas abiertas, fatigadas, fijas en mí. Me dio la impresión de que no cerró los ojos en toda la noche. Me afeité dándole vueltas a una serie de cosas. Ella me observaba desde el canto de la puerta, todavía en camisa de dormir, acariciándose un mechón de pelo.

               ―¿Qué pasa?

               ―Nada, me gusta ver cómo te afeitas.

               ―Es muy aburrido.

               ―No, me gusta mirar cómo estiras el cuello, ladeas la cara y pasas la hoja.

               ―¿Vas hoy a la escuela, verdad? ―pregunté inquisitivo.

               ―No, comenzaron las vacaciones, no tengo clases hasta marzo.

               ―¿Y qué piensas hacer todo este tiempo? ¿Quieres tomar algún curso? Dime y te acompaño. Viajaremos a la costa unas semanas en febrero.

               Era absurdo, pero me sentía acorralado, acosado por mi propia hija. Me la imaginaba como un animal en celo que no distinguía a su presa. Se arrastraba por los muros con el pelaje erizado, el hocico húmedo, las orejas caídas. Cómo decirle que se buscara un muchacho, un novio. Se subía la falda y se agachaba a tirar la basura dejando a la vista sus pequeños calzones. Ahora usaba sostenes y se los acomodaba frente a mí. Marcando su territorio y cercándome dentro de él. No sé si era bueno o malo, pero Teresa no se parecía en nada a mi ex mujer. Es más, era una versión femenina de mi rostro anguloso. Una vez la escuché durante horas revolviendo cosas en el entretecho. Al día siguiente me esperaba vestida con ropa de su madre. Reconozco que la imagen me perturbó tanto que la abofeteé. Quedó estupefacta con su mejilla magullada y sus ojos muy abiertos. Salí a tomar aire y regresé cuando estaba dormida sobre la cama, tras un evidente ataque de llanto.

 

               El verano transcurrió agobiante, mientras ella se abocaba a una misteriosa investigación. Navegaba horas y horas en la red imprimiendo documentos, saltando de un sitio a otro. Los noticieros mostraban cómo el poder judicial anunciaba sobreseídos al senador, al empresario, al cura. Todos pidiendo libertad provisional, dejando sus causas amparadas bajo la inercia estival. Porque el político defensor de los menores, el cura consagrado al cuidado de los pequeños y el empresario caritativo habían hecho tanto por los niños en riesgo social. Cierta noche mirábamos la entrevista realizada a uno de estos pederastas. Al ser interrogado  si había tenido sexo con una lista de menores en la que se detallaban iniciales y edades, el inculpado respondió con displicencia: «Sí, con todos los que se ha mencionado». Y agregó: «Yo era una persona tremendamente sola en esa época y de alguna manera pagaba servicios para estar acompañado». Teresa musitó entre dientes con terror una frase que nunca olvidaré:

               —Vámonos antes de que estos tipos lleguen hasta aquí.

              

                  No era fácil escapar. Yo seguía trabajando en reemplazo de quienes salían de vacaciones y no lograba hacer dinero extra. Para mi turno un compañero solidarizó prestándome una cabaña en cierta playa no muy frecuentada. No logré que Teresa invitara a alguna amiga pese a mi insistencia. Llegamos a una modesta casita en medio de un bosque de pinos. En su interior había una silla en la esquina, una cama dividiendo la pieza en dos, un armario de madera con las puertas medio abiertas y un gran espejo colgando de la pared. El primer día Teresa había ordenado todo a su manera, saturando los cajones con poleras mal dobladas y ropa de invierno. Había venido para quedarse. En ese momento recorrí la habitación buscando una salida, pero ya era tarde.

 

                  Teresa me entregó un dibujo: un árbol con un ancho tronco café de corteza gruesa. Pensé que se trataba de los últimos resabios de su niñez. Pero cuando me puse los lentes y observé los detalles, entendí lo que estaba tramando. Era un árbol frondoso, de un sólo tronco desde el cual se desprendían muchas ramas de las que, a su vez, salían otras más. En cada rama aparecía un cuadrado, con un nombre masculino en su interior y un círculo con un nombre femenino. Las figuras geométricas se iban multiplicando en forma exponencial en las cuatro generaciones esbozadas.

               ―¿Qué significa esto?

               ―Es nuestro clan, nosotros estamos en la base.

               Observé su nombre y el mío en la figura correspondiente. Después la escuché atónito. Teresa me sermoneaba citando la Biblia, afirmando que en un principio fue el incesto. La humanidad comienza en una pareja fundante que procrea, que para dar paso a la sociedad debe transgredir una prohibición. En algún momento el amor filial debe convertirse en amor de pareja. El padre o la madre, según sea hijo o hija, deberán dormir con su procreado y engendrar un nuevo hijo o hija. Es un gesto necesario para que nazca una nueva sociedad.

               ―Una nueva sociedad… ―musité incrédulo.

               ―Sí. Una nueva especie a partir de nosotros. Serás el padre y el abuelo de nuestra criatura… es para un futuro mejor.

               ―¿Y después? ―pregunté entre confundido y absorto en el dibujo.

               ―Otro hijo, hasta dar con la niña o el niño que necesitemos para multiplicar este nuevo linaje. Hay que romper el triángulo y formar el cuarteto que seguirá fracturándose en nuevas formas geométricas. Dos hermanos originales darán paso a nuevos hijos que se multiplicarán sin distinguir tíos, primos, hermanos y sobrinos.

               ―Cállate, sólo tienes quince años.

               ―Pero he leído bastante  ―respondió con aplomo.

               La secuencia argumental que encadenaba sus ideas me puso la piel de gallina. Había estudiado todos los factores. La consistencia de su plan me dejaba mudo recorriendo la línea blanca de su cuero cabelludo.

               ―Nacerán todos enfermos, deformes, retrasados. ¿Esa es la nueva sociedad que quieres formar? ―atiné a decir, algo pasmado.

               Me miró furiosa a los ojos y aseveró.

               ―La endogamia no es necesariamente perjudicial, son mitos, compartir la herencia genética a veces potencia características positivas.                ―Tomó el dibujo y habló más, sin prestar atención a mi opinión.

               ―Cada vez que tengamos un hijo, se ramificará el árbol y se hará más y más grande.

 

                Llegó la noche en que me abrí a recibir las llamadas de quien te evoca hace tiempo. Nos hundimos en el colchón enredándonos en la tibieza de las sábanas. La conexión con el recuerdo de un apetito extraviado. Por un segundo pensé en las noticias de las nalgas de los niños, pero lo mío era otra cosa. Yo sobre ella descubriendo esos ojos grises, que eran mis ojos grises. Me estaba besando a mí mismo. Me estaba tocando en los huesos marcados, pegando contra mi propia nariz aguileña, calcando mi frente estrecha. A los lejos el sonido de los postigos batiéndose. A medida que la acariciaba, envidiaba en ella su juventud y delicadeza. Las palmas más suaves que las mías, la musculatura tersa, un aroma a violetas que emanaba de la nuca. Tenía miedo y no tenía; tenía más miedo del que creía tener. Ella me decía «ven, más, más cerca», tropezábamos con los muebles. De pronto miré la masa amorfa de nuestros cuerpos en el espejo de la pared. Me vi con las cuencas de los ojos vacías. Lancé un cenicero para destruir la imagen, pero no nuestro abrazo. Trozos de cristal fragmentados en mil partes. Pedazos irregulares, vidrio molido esparcido entre el suelo de mimos urgentes. No más testigos. El secreto estaba por escribirse dentro del azogue.

              

          Cuando me acostaba con Teresa ella no era mi hija, era otra persona. Yo no era su padre, era un hombre que deseaba ese cuerpo joven y dócil. Un hombre abocado a la tarea de hacer madurar su físico ambiguo. Un escultor dedicado a cincelar su imperfecta figura, sus miembros parciales, sus extremidades toscas. Me esmeraba en hacer adelgazar su cintura, oscurecer su pubis, estilizar la curva del cuello, tornear sus piernas. Quería sacar toda la mujer que había en la púber en ciernes. No, no era mi hija, era la misión plástica de amoldar sus senos puntiagudos, de dotar de sensualidad sus estrechas caderas, sus movimientos torpes. Dejar atrás todo el espanto de la infancia e inaugurar gestos sofisticados. Ignoro qué pensaba ella, tal vez en acentuar los pliegues de mis ojos, revitalizar mi piel fatigada, reducir mi abdomen abultado.

 

               Cada cierto tiempo era consciente de mi hija encerrada en esta cabaña, rodeada de paredes de madera. Pensaba que no era una chica para esperar príncipes azules cuando acercó su frente cubierta de sudor a la mía, las aletas de su nariz temblaban. Se montó sobre mí, me forzó las piernas mientras no paraba de decir: «Más savia para los nuevos brotes, más». Su lengua sedienta convocaba nombres propios: Sebastianes, Carolinas, Ximenas, Claudios; un árbol genealógico con apellidos que se anulan unos a otros porque todos son Espinoza Espinoza. Yo, mil veces nacido en mis hijos, en mis nietos, sobrinos, primos. Su útero joven desinvernaría una criatura cada nueve meses. Días cocidos a la espera de más niños. Y para ese entonces, al hombre, tres veces tu edad, dos veces tu cuerpo, sangre de tu sangre, ya no le importaba observarte largo rato, detenerse en tu boca y descender hasta tu sexo. Ansiaba la plenitud cuando yacíamos juntos con las cabezas lacias demasiado próximas; la sensación de que nos teníamos el uno al otro, el uno al otro.

              

             No regresamos a Santiago, armamos nuestro mundo aquí. Un día observé a Teresa y era evidente la causa del aumento de peso, de la curvatura de su vientre. Esperamos al bebé en paz, caminando entre cipreses y pinos alzando la vista hasta sus copas. Ella tomaba sol en una improvisada terraza mientras aumentaba el diámetro de su figura, sus pechos crecían y las primeras estrías llagaban su piel lozana. Yo bajaba una vez a la semana al pueblo en busca de víveres. El dinero iba disminuyendo en la cuenta, por ahora el arriendo de la casa nos daba una entrada austera. A nadie le importaba nuestra ausencia. A veces compraba el diario y seguía el caso de los políticos, los curas, los empresarios. Respiraba aliviado al estar lejos de todo eso. Pero no lo niego, «¿dónde queda la ciudad?», esa es la pregunta que temo mi hija pronunciará alguna vez en forma de soplido. Sí, un rumor de sílabas: «Papá, ¿dónde queda la ciudad?» y el horizonte como una cortina que se abre de par en par. La nitidez de las cosas a las que les llega el sol. Por ahora, pienso en el follaje, en esta vida bajo los árboles, contando las hojas perennes, acariciando las raíces añosas, cortando madera para el invierno. Presagiando cuándo las ramas que afirman este tronco dejarán que se quiebre en dos.

FAMILY TREE

 

 

What is forbidden? “Society expressly forbids

only that which society brings about.”-

Lévi-Strauss

 

 

                I don’t know when children’s asses first began to interest me. Ever since the priests, the senators, and businessmen started flaunting their elusive gazes on the television screen. I’d thought about the curves of their asses ever since children’s diaries had become valid evidence in courts of law. I’d never before felt a throbbing for these incomplete bodies, but then there was the media’s constant bombardment with “the 0.7 centimeter abrasions in the area below the anus.” Or the sentence in the newspaper, “In repeatedly violated children, the transverse folds of the rectum disappear.” The brigade against sexual offenders advising the public to watch for changes of behavior in their children and to conduct a periodic examination of their genitals. The forensic service verifying accusations after physical examinations. The suspicion that there was a twisted silence, a wayward desire.

 

               My daughter Teresa would catch these news stories from the corner of her eye and stop what she was doing, uncomfortable. We’d been living alone for five years, since her mother left. My daughter never said or asked anything about the episode. I never knew whether the two had talked the night before. No one who packs a suitcase and closes the door with such determination comes back. She closed it slowly, the latch just caught, and her stealthy feet brushed the pavement across the front yard. I didn’t want to look out the window. I didn’t want to know whether a car was waiting for her, or a taxi, or if she walked alone down the sidewalk. Teresa was nine years old. She took all her mother’s photos down, and without my asking she assumed the role of lady of the house. “We need this, we need that, we’ve already eaten too much meat.” The rest went on just like before: her friends, school, the things she liked. A studious girl, shy, who drew trees while she gazed past the mountains.

 

                For a while Teresa had spied my tired gaze with a special gleam in her eyes. She was doing her best with the food and had decided that her nanny couldn’t spend the night here anymore.

“Why did you order her to go?” I inquired, irritated.

“I’m big now, I don’t need anyone to watch me at night.”

“I disagree. Sometimes I come home late.”

“I like to be alone,” she replied bluntly.

“It can be dangerous.”

“There’s a watchman in the hall, and we have a dog.”

“Fine.”

 

                  Things continued to go strangely. Now if I invited a woman over for coffee, Teresa prowled around the house and made strange noises through the walls. Just when I began to feel the desire to meet other women. Once I timidly kissed someone from work on the sofa. She was a sweet young thing. When I pulled my lips away from hers, I saw my daughter’s eye through a hole in the wall. It was the eye of a Cyclops, ruling over the scene with hate. I contained my scream and invented an excuse to take my guest back to her house.

 

                      Teresa dressed differently; she wore heavy makeup. If she came home in her school uniform and I was there, she ran down the hall to change clothes. She reappeared in the living room dressed up. Her childish figure looked somehow grotesque in this adult costume. She rubbed up against me; she sat on my knees when I read the newspaper and placed her hips between mine. I didn’t know how to handle the situation. She was a girl; she was my daughter.

“What do you want?” I said to her one day, bothered.

“Nothing, to look pretty, to look pretty for you.”

“I don’t like it when you wear so much makeup.”

“Whatever you say.” She walked indifferently to her bedroom.

              That night I came home late, I was trying to revive the romance with my coworker, and we had gone out for a drink. It had been a beautiful night. I sat on the bed, a little nauseous, and there was Teresa, in a thin nightshirt, her hair combed, her face clean and perfumed.

“I missed you.”

“I missed you, too. But it’s late. Go to your room,” I said, with my head between my hands.

“I can’t sleep.”

“Yes, you can. Go read a book.”

“I can’t.”

“What do you want?”

“To sleep with you.”

“Daughters don’t sleep with their fathers. You have your own room and your own bed.”

“I don’t want to be alone.”

“Fine. Stay just this once.”

               I moved over to the edge of the bed, careful not to touch her. I turned my back to her and fell asleep. When I woke, I rolled over, and there were her open eyes, fatigued, fixed on me. I got the impression that she hadn’t closed her eyes all night. I shaved, mulling a few things over. She observed me from the doorway, still in her night shirt, playing with a lock of hair.

“What’s going on?”

“Nothing, I like watching you shave.”

“It’s very boring.”

“No, it’s not. I like to watch how you stretch your neck, how you turn your face and run the razor over your skin.”

“You’re going to school today, right?” I asked.

“No, we’re on break. I don’t have class until March.”

“And what are you thinking of doing with your time? Do you want to take a class, maybe? Tell me, and I’ll go with you. We can go to the coast for a few weeks in February.”

 

             It was absurd, but I felt cornered, harassed by my own daughter. I imagined her like an animal in heat that couldn’t distinguish its prey. She slunk along the walls with her hair on end, her muzzle wet, her ears fallen. How could I tell her to go look for a boy instead, a boyfriend? She lifted her skirt and bent over to throw out the trash, showing off her skimpy underwear. Now she wore bras, and she adjusted them in front of me. She was a female animal, scattering her hormones around the house. Marking her territory and fencing me inside it. I don’t know whether this was good or bad, but Teresa didn’t look anything like my ex-wife. Instead, she was a feminine version of my angular face. The next day she waited for me to come home, dressed in her mother’s clothes. The image disturbed me so much, I now realize with shame, that I slapped her. She stood there, astonished, with her cheek bruised and her eyes open wide. I went out for fresh air, and I returned after she’d fallen asleep on the bed after an evident crying spell.

 

              The summer went by stiflingly as she embarked on a mysterious investigation. She surfed the internet for hours, printing documents, clicking from one site to another. The news channels showed the courts dismissing the cases of the senator, the businessman, the priest. All asking to go free on bail, letting the summer inertia protect their cases. All appealing to their innocence. The politician who defended children, the priest consecrated to the care of the little ones, and the charitable businessman who had done so much for at-risk youth. So how to explain the children with disfigured genitals. One night we were watching an interview with one of the pedophiles. On being asked whether he’d had sex with a list of minors given by their ages and initials, the accused said indifferently, “Yes, with every one you’ve mentioned.” And he added: “I was someone who was tremendously alone at that time, and in a certain sense, I paid for the service of having a companion.” Teresa muttered a sentence between clenched teeth that I’ll never forget:

“Let’s go, before these guys get here.”

 

              It wasn’t easy to get away. At work I kept covering for people on vacation, and I wasn’t able to make any extra money. When my turn came, a coworker helped out by lending me a cabin on a certain beach that didn’t get many visitors. Despite my insistence, I couldn’t get Teresa to invite a friend. We arrived at a modest little house in the middle of a pine forest. Inside, there was a chair in the corner, a bed dividing the room in two, a wooden wardrobe with its doors half open, and a big mirror hanging from the wall. The first day, Teresa arranged everything to her liking, stuffing the drawers with poorly-folded turtlenecks and winter clothes. She had come to stay. As she did this, I walked around the bedroom, looking for an exit, but it was too late.

 

             Once, Teresa handed me a drawing: a green tree with a wide brown trunk and thick brown bark. I thought this was one of the last vestiges of her childhood. But when I put on my glasses and examined the details, I understood what she was plotting. It was a lush tree, with a single trunk that emanated many branches, from which more branches came. There was a square on each branch with a man’s name inside and a circle with a woman’s name. The geometric figures multiplied exponentially across the four sketched generations.

“What does this mean?”

“It’s our clan. We’re at the base.”

               I saw her name and mine on the drawing. Then I listened, astonished. Teresa gave me a sermon, citing the Bible, affirming that in the beginning there was incest. Humanity begins with a founding couple that procreates. To allow a society to emerge, one must break a prohibition. At a certain point, filial love should turn into sexual love. The father or the mother, depending on whether they have a son or a daughter, should sleep with their offspring to breed a new son or daughter. This is a necessary act for a new society to be born.

“A new society,” I muttered, incredulous.

“Yes. A new species, coming from us. You will be the father and grandfather of our child. It’s the curse of origin, but it’s for a better future.”

“And afterward?” I asked, half-confused and half-absorbed in the drawing.

“Another child, until we come up with the daughter or son that we need to multiply this new network of people. You have to break the triangle and form a quartet that keeps fracturing in new geometric figures. Two original siblings will give way to new children who will multiply without distinguishing between aunts and uncles, cousins, brothers and sisters, nieces and nephews.”

“Be quiet, you’re only fifteen.”

“But I’ve read too much,” she gravely replied.

               The argumentative sequence that linked her ideas gave me goose bumps. She had studied all of the factors. The consistency of her plan left me mute as I traced the white line of her scalp.

“They’ll all be born sick, deformed, retarded. Is this the new society you want to create?” I managed to say, somewhat stunned.

             Furious, she looked into my eyes and asserted: “Inbreeding isn’t necessarily harmful. That’s a myth. Sharing a genetic inheritance sometimes strengthens positive characteristics.” She took the drawing and said more, paying no heed to my ignorant judgment. “Every time we have a child, we’ll add a branch to the tree, and the tree will grow bigger and bigger.”

 

              The night came when I couldn’t avoid her seduction. We collapsed on the mattress, feeling the warmth of the sheets. I opened myself to receive the flame of one who has wanted you for a long time. I connected with the memory of a lost appetite. On top of her, looking into those gray eyes, which were my gray eyes. I was kissing myself. I was caressing my own marked bones, I ran against my own aquiline nose, I traced my narrow forehead. In the distance, the sound of the rattling gate. With every caress, I envied her youth and tenderness. Her palms, softer than mine, her taut muscles, a smell of violets that emanated from her nape. I was afraid and I wasn’t: I was more afraid than I believed I was. She said, “Come closer, closer.” We stumbled over the furniture. My skin against hers, the blow softened by the same essence. Suddenly I saw the amorphous mass of our bodies in the mirror on the wall. I saw myself with empty sockets for eyes. I threw a shoe to destroy the image, but not our embrace. The glass fragmented in a thousand shards. Irregular pieces, ground glass spread on the floor where we urgently caressed each other. No more witnesses. The secret had yet to be written in the mirror.

 

              When I lay down with Teresa, she was no longer my daughter, she was another person. I wasn’t her father; I was a man who desired that young and docile body. A man doomed to the task of making her ambiguous body mature. A sculptor dedicated to chiseling her imperfect figure, her half-formed members, her crude extremities. I did my best to narrow her waist, to darken her pubis, to stylize the curve of her neck, to draw the contour of her calves. I wanted to draw the woman out of the budding adolescent. No, she wasn’t my daughter, she was the plastic mission of molding her pointed breasts, of doting on the sensuality of her narrow hips, her ungainly movements.  To leave behind all the horror of childhood and inaugurate sophisticated movements and thoughts. I ignored what she thought, perhaps to smooth the creases around my eyes, to revitalize my tired skin, to reduce my bulging abdomen.

 

               From time to time I was conscious of my daughter locked in this cabin, surrounded by wooden walls. I tried to decipher the message of her lips. She wasn’t a girl to wait for her knight in shining armor. She brought her forehead, covered with sweat, close to mine; her nostrils flared. She mounted me, she forced my legs while she didn’t stop saying, “More sap for the new shoots, more.” Her thirsty tongue called up names: Sebastians, Carolinas, Ximenas, Claudios, a family tree with last names that annulled each other because they were all Espinoza Espinoza. I, born a thousand times in my children, in my grandchildren, nieces, nephews, cousins. Her young uterus would send out a fetus every nine months. Days simmering in the wait for more children. And during that time, the man three times your age, twice your body, blood of your blood, it didn’t bother him anymore that he gazed at you at length, that he paused at your mouth and descended to your sex. He yearned for the moment when we would lay together with our languid heads too close, with the sensation that we had each other, each other.

 

               We didn’t return to Santiago; we pitched our world here. One day, I observed Teresa and saw that the cause of her weight gain, the curve of her belly was logical. We waited for the baby in peace, walking between the cypresses and pines, lifting our heads toward their crowns. She sunbathed on an improvised terrace while the diameter of her figure increased; her breasts grew; and the first stretch marks wounded her fresh skin. I went into town once a week to look for provisions. Sometimes I bought the newspaper and caught up on the cases of the politicians, the senators, the priests. I breathed a sigh of relief to be away from all that. But I don’t deny it. “Where’s the city?” This is the question I’m afraid my daughter will utter like a blast of air. Yes, a buzz of syllables: “Papa, where’s the city?” and the curtain of the horizon will open wide. The clarity of what the sun reaches. For now, I think of the foliage, of this life under the trees, counting their perennial leaves, caressing their ancient roots, cutting wood for the winter. Foreboding the time when the braches that reinforce this trunk will allow it to split in two. 

Andrea Jeftanovic is the author of the novels Escenario de guerra (Scenery of War) (by Abundant, Baladi and Flamethrower 2000, 2010, 2012), which won the National Council for Culture and the Arts Award for the best book published that year, and Geografía de la lengua (Geography of Language) (2007). She has also published a volume of stories No aceptes caramelos de extraños (Don’t take candy from strangers) (Uqbar editors 2011, Seix Barral 2012; Art Critics Circle of Chile Award to the best literary work of 2011). Her stories have been part of several national and international anthologies.

revistahiedra@gmail.com
Bloomington, IN

USA

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